En Iglesia de San Jeronimo el Real, de Madrid, se ha celebrado el enlace matrimonial de la señorita Irene Unza del Valle Davila-Zulaica con Don Iñigo Estevan de las Delicias Ford. Oficio la ceremonia el padre Don Luis Simon Unza del Valle, tío de la novia. Apadrinaron a los contrayentes el hermano de la novia, don Alvaro Unza del Valle Davila-Zulaica y la Madre del novio, doña Maria Ford Ojeda. Firmaron como testigos por parte de la novia, su madre Diana Davila-Zulaica Ortega, Viuda de Unza del Valle. Tras la ceremonia se trasladaron al Club Real Puerta de Hierro donde se sirvió un cóctel seguido de cena y baile para la juventud.
Allí estaba, en una falta de inmodestia, guapo, moreno, elegante,….. Con decir que al llegar, todos los fotógrafos comenzaron a lanzar sus flashes
pensando que debía ser miembro de alguna familia real europea, un ejecutivo de postín, o un vividor sin fin. El como o el porque aparecí en aquella boda, para mi aun es un misterio, no se si es porque había coincido con Iñigo en alguna ocasión, o porque Irene había sido compañera mía en el colegio antes de cortarse las coletas y cambiarse los apellidos para iniciar su ascensión social.
Desde entonces yo prácticamente no había vuelto a ver a Irene, y cuando me encontraba con ella era una persona desconocida, que poco tenia que ver con aquella niña pelirroja que se dedicaba a gorronearme golosinas en el recreo. Al cabo de los años, me volví a encontrar con ella, Irene Fernández para mi Unza del Valle para el resto, entonces ya frecuentaba los ambientes de palacio, las vacaciones en Mallorca y estaba plenamente integrada en el círculo de amistades de su Alteza Real el Príncipe de Asturias. De aquel encuentro, en la sala de espera del dentista, solo recuerdo su grosería - Hola, estas igual de guapa que siempre - un cumplido le dije sonriendo -Tu sin embargo estas más mayor – en aquel momento me dolieron las muelas, y el alma. Desde entonces no había vuelto a saber nada de ella, hasta que recibi la invitación de boda.
En cuanto a Iñigo, coincidí varias veces con el por trabajo, pero no pertenecía a su circulo de amigos y tampoco tenia mucha relación excepto alguna reunión ocasional. La verdad es que Iñigo no tenía muy buena fama
entre sus compañeros, según ellos jamás pensaron que existiera alguien que pudiera llegar a estar tan loca como para casarse con alguien tan carente de sentido estético y de la oportunidad; y no se referían a su forma de vestir, si no a su particular filosofía de la vida, su forma de actuar y comportarse, un espécimen que bien pudiera estar expuesto en un museo de los horrores virtual.
Era el tipo de hombre, he conocido alguno, que entienden que el espacio que hay entre las ruedas de un coche no es más que una extensión de su masculinidad, conduciendo con el síndrome de conductor de ambulancia, mientras escucha la música a todo volumen. Creo que supero el limite el día que le escuche decir -me gusta lavar yo mismo coche, así puedo acariciar toda su potencia. Su particular forma de ser consiguió que raras veces, durante las comidas de trabajo, alguien se quisiera sentar junto a el. Le encantaba hablar sobre la eficiencia de sus intestinos, entendiendo que hay dos tipos de personas en el mundo, los que sufren de estreñimiento y los que viven la ley del vientre libre, y creyendo que le interesa a todo el mundo, incluso a los que le acaban de ser presentados, la frecuencia con que iba al baño, a que horas, o que tipo de comida hace el efecto mas devastador o inhibidor para sus intestinos.
Al entrar en la iglesia iba tomando nota mental de todos las “celebrities”, famosos,… que estaban allí, tantos años de Hola! me tenían que servir de alguna utilidad, tratando de recordar todos los que estaba allí y no perder detalle para contárselo a mi abuela convencido que le haría ilusión que se lo contase de primera mano.
Al salir de la iglesia me sorprendió el encontrar una ambulancia del SAMUR, una reconocida personaje de la crónica social se encontrana en el centro y no articulaba palabra, al preguntar que había pasado, soy curioso que le vamos hacer, me contaron que con ocasión de esta boda a la que acudía todo el Who is Who del país había elegido un fantástico collar de piedras de colores, de las que sentía muy orgullosa y alardeaba de ellas, que se mando hacer con unos “cristalitos” que compro en un viaje al Atlas. A todo el que le preguntaba, le decía – no te lo vas a creer, Cesar empezó a regatear, ya sabes como es, con los beduinos, y como no saben lo que valen, se las saco por una miseria. La cuestión es que con todo aquel solazo, 35º grados a la sombra, se habían comenzado a desteñir sobre su vestido de gasa blanco de Escada, lo que le había ocasionado un ataque de histeria.
La comida fue un evento social, la inmensa sala estaba atiborrada de gente,
sentados según una distribución estratégica que alguien habría diseñado con el mayor de los esmeros. A mi derecha se sentaba, un compañero de la universidad de Irene, el con su señora nariz, seboso, de barriga prominente y debió ser guapo hasta los cinco años, mientras comía se estaba dedicando a catalogar a las mujeres con la impiedad de un Dios, feas, bonitas, comestibles y no comestibles, cuando cualquier mujer en su sano juicio no pensaría si quiera dirigirle ni una mirada de desprecio. En un determinado momento de la comida, harto de tanta tontería y machismo, le alerte que al blasfemar contra la inteligencia de las mujeres estaba incluyéndose en la lista de los cerebralmente desguarnecidos. Ya que estudios publicados en el New England Journal of Medicine presentaban evidencias de que la inteligencia de los niños es heredada de su madre, una mujer. Sin embargo, la inteligencia de las niñas puede ser heredada tanto del padre como de la madre. El mismo estudio plantea el hecho de que las mujeres, en su mayoría, presentan un nivel de inteligencia medio constante, con raros signos de extravagancia, mientras que entre los hombres se constata una mayor incidencia de casos extremos, hombres muy inteligentes o limítrofes. Por lo tanto, para salvaguardar su inteligencia, convenía que elogiara más a las mujeres, principalmente a su madre. Aquello fue recibido en la mesa con gestos de aprobación, y el individuo en cuestión no volvió a abrir la boca.
En el un extremo de la mesa estaban unos primos de Iñigo que habían venido de Suiza, y no abrieron la boca mas que para presentarse y brindar por los novios. En el otro extremo se encontraban dos amigas de Irene, que no hicieron otra cosa mas que cuchichear y decirles al los camareros si les podían traer otra cosa que estaban a régimen.
Una mujer que se sentaba en uno de los extremos de la mesa, nos contó una historia de su asistenta. Como un día que llego pronto a casa se la encontró la final del pasillo con un espejo en el suelo, mientras de rodillas
inhalaba una ralla de coca, según ella en sus tiempos de sirvienta para la Embajadora de Venezuela se aficiono. Al parecer, la embajadora descubrió que la única manera de que los “sirvientes rindieran” era “dopándolos”, y esta era una costumbre muy extendida entre la clase diplomática destinada en suramericana, a ella estas dosis se las mandaba por valija diplomática la mujer del Embajador en Colombia, que al parecer tenia buenos contactos y la mercancía era de muy buena calidad.
Tras la intensidad de las emociones vividas hasta ese momento, no pude más que decidir huir no fuera que al dormirme aquella noche me levantara siendo una persona “diferente”, cosa que doy gracias porque no sucedió.