En estos últimos días, he pensado en el cuento “El Rey está Desnudo” y he pensando en la vigencia de este cuento si lo aplicamos a la empresa actual, donde el Rey desnudo es ese jefe alejado de la realidad, rodeado de aduladores que contribuyen a aumentar esa distancia y donde el resto de la empresa no se atreve a cuestionar sus decisiones, ni informarle de su desnudez, entendida ésta como errores su de gestión. Para aquellos que no lo recuerden el cuento expone la vanidad humana y supone un aviso claro para los que detentan el poder, para que no se desubiquen por los aduladores – que abundan – y se crean investidos con divinos poderes. “Ser grande y al mismo tiempo humilde, es la más grande de las virtudes”. Esto no lo decía Churchill, a quien tantas frases se le han atribuido, pero que bien podría haberlo hecho.
En síntesis es la historia de un Rey vanidoso que creía ser el mejor gobernante del mundo, al que nadie osaba contradecir. No soportaba crítica alguna; se consideraba el más capaz, el más apto y el más inteligente; jamás se dejaba aconsejar por sus asesores ó por el resto de los miembros de la corte.
Este Rey tenía una afición desmedida por la ropa, aunque escaso gusto en su elección, y le gustaba exhibirla y exhibirse. Un día llegaron dos estafadores haciéndose pasar por hábiles sastres, asegurando que podían tejer la más maravillosas telas. No sólo los colores y diseños eran hermosísimos, sino que las prendas confeccionadas por dichas telas poseían la curiosa disposición de ser invisibles ante los ignorantes, ineptos o inútiles.
¡Deben ser magníficos trajes, pensó el Rey! Si los tuviese podría averiguar que funcionarios del reino son ineptos o ignorantes. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos, sin darse cuenta que el más ignorante era él, al creer en semejante pamplina. Mandó a los dos “sastres” a hacer el traje y les adelantó una considerable suma. Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban, pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, el cual se embolsaban, mientras aparentaban que trabajaban en el telar vacío. “Me gustaría saber si avanzan” dijo el Rey, y envió a su Ministro más cercano, el cual, al acercarse no vio nada. El Ministro pensó: Ni entupido voy a contradecir al Rey; y el empleo que tengo que bien me mantiene, no pienso ponerlo en peligro. Y se deshizo en alabanzas por el traje que no veía. El Rey envió días más tarde a otros funcionarios, los cuales – unos por seguirle la corriente y otros más ignorantes, para que no se dieran cuenta que por ineptos, no la veían – manifestaban lo admirable del traje. Una hábil y metódica comunicación hizo que toda la sociedad hablara del magnífico traje del Rey.
Al final éste se dispuso a ver el traje con todo su séquito, los cuales, por algunas de las razones anteriormente expuestas aplaudían la magnifica hechura del traje. ¿Cómo, pensó el Rey? ¡Yo no veo nada! Esto es terrible! ¿Seré inepto? ¿Acaso no sirvo para Rey? ¡Sería espantoso! Me gusta, lo apruebo y con un gesto de agrado miraba la percha vacía; no quería confesar que no veía nada. ¡Es precioso, elegantísimo, estupendo! corría de boca en boca y todo el mundo parecía extasiado con el traje. Los dos “sastres” se lo entregaron al Rey, diciéndole: Estos son los pantalones, ésta es la chaqueta. Las prendas son ligeras, uno creería no llevar nada sobre el cuerpo. Todos los cortesanos asistieron, a pesar de que no veían nada.
¿Quiere dignarse vuestra Majestad quitarse el traje que lleva, para que podamos vestiros el nuevo? Se quitó el Emperador sus prendas y los dos “sastres” simularon ponerle las diversas prendas del traje nuevo. ¡Qué bien le sienta! ¡Le va estupendamente! Nuestro Rey es el mejor del mundo: el más elegante, el más distinguido, el más sabio, el mejor orador, el más bueno… El Rey lo creía todo. De una mentira repetida muchas veces, algo queda y si se tiene cierto egocentrismo queda más. Además, la comunicación repetida y bien manejada, crea ilusiones. Y al final se cree casi todo…
Así, a los pícaros que sabían que todo era una farsa y que adulaban al Emperador y a los ineptos e ignorantes, que aunque no veían nada, decían que veían para no demostrar su inaptitud, se unieron los que les gusta ir con la corriente y pensar siempre con la cabeza de otros.
¡Va desnudo! exclamó de pronto un niño!… ¡Pero si va completamente desnudo, gritó al fin el pueblo entero… Aquello inquietó al Rey, ¿El pueblo tendría razón?, sin embargo, con su prepotencia aguantó hasta el fin y siguió más altivo que antes y sus asesores continuaron alabando su inexistente vestuario… El cuento termina ahí, lo adecuado para que cada cual situé el desenlace que desee.
Estoy seguro que a poco que cada uno piense y recuerde, a lo largo de su carrera, habrá encontrado alguna situación similar a la aquí recogida. Muchas veces el poder en las organizaciones, y los que lo rodean, se ven tan alejados de la realidad y nadie se atreve a manifestar abiertamente la realidad, que al final en muchas cosas las organizaciones acaban “desnudas”.
Por último, recordar algo que dijo un sabio “todo poder termina más temprano que tarde”. Para entonces creo que se debe estar preparado tratando de vacunarnos contra ciertos errores de gestión, en ocasiones, por el mal ejercicio de ese poder mal entendido.